Los chicos del tren (REVISTA AMBAR)


Fue durante mucho tiempo nuestro compañero de aventuras y en cierto modo, lo seguiría siendo una vez  pasada esa etapa que no cerramos nunca de la niñez. Crecimos a su lado. Los chicos del matadero y los de la estación. Porque parecía que más allá no había más barrios o más niños. La vida todavía ocurría en los parques y en las calles, ajenos aún a los avances tecnológicos que vendrían años después.

Y fue allí en aquel parque frente a la antigua estación de Renfe donde rompimos las primeras reglas bajo su hierática y atenta mirada. Donde nos enamoramos por primera vez, también a la vera de su complicidad. Y donde cómo no, saboreamos los primeros fracasos.

Fue compañero infatigable de batallas a las que siempre se acercaba como una serpiente sigilosa que cuando ve a su presa, yergue el cuerpo para hipnotizarla. Así avanzó durante muchos años hasta el final de su trayecto al borde de la calle Juan Izquierdo, serpenteando las vías de tren desde lugares que a nosotros nos parecían muy lejanos e invitándonos a soñar con viajes que nos hacían pensar en a las aventuras de Gulliver o la de los Cinco. Aquellas lecturas con las que entreteníamos las otras horas, las que no pasábamos en el parque corriendo detrás de una pelota. Tenía, por otro lado, la calma del que llega siempre con el paso cansado, y  con el tiempo ajustado a todas sus citas para entrometerse en nuestros juegos. En todas aquellas tardes infinitas alrededor de una pelota con la que el tiempo sin darnos cuenta nos iba regateando la niñez.

Una tarde descubrimos que había empezado a devorar niños. Se alimentaba de los niños del parque. Los engullía y los dejaba lejos del mundo, de nuestro mundo. Al menos, eso pensamos la primera vez que devoró a uno de los chicos del equipo rival. Porque los chicos del matadero y los chicos de la estación no solían mezclarse a la hora de los partidos. Eran derbis de los de verdad, de los de antes, donde no había término medio en el amor a unos colores. Derbis por otro lado en los que siempre o casi siempre perdíamos los chicos de la estación.  Aquella tarde, sin embargo, el partido se quedó sin acabar. La pelota rodó hasta las fauces del tren en un juego donde había que demostrar la gallardía de los dos equipos. Y en ese juego también ganarían los chicos del matadero. Justo en el instante que el portero del equipo rival se precipitó al interior del tren para recuperar la pelota, se cerraron las puertas del vagón con portero y pelota dentro. Y nos dejó con el partido a medio acabar y con un contrincante menos en el campo. Fue la primera vez que vimos desaparecer a un chico del barrio ante nuestra atónita mirada. Elucubramos mil y un peligros para nuestro compañero de patadas de regreso a casa sin la pelota que era lo que realmente nos preocupaba.

 

Tiempo después aquel  tren se colaría estruendosamente en el pueblo. Una tarde decidió deshacerse de las cadenas que lo ataban aquella ya olvidada línea de la antigua estación de Renfe. Y se quedó en medio de la calle Juan Izquierdo varado, sin fuerzas para moverse de allí. Como una ballena que desorientada acaba amaneciendo, ante la atónita mirada de la gente, a orillas de la playa, incapaz de volver al mar. El tren se quedó a orillas del pueblo, anclado en sus calles y los vecinos nos asomamos a él como si de una ballena se tratase porque fuera de su hábitat natural también el tren parecía mucho más majestuoso. Quizás nunca antes lo habíamos mirado de esa manera, con esa admiración y con ese respeto. Incrédulos ante aquella masa grotesca de acero incrustada en el asfalto. La escena se alargó hasta bien entrada la noche, enormes grúas tratando de devolver a aquel animal a su hábitat natural.  Y no sé por qué pensé que en cualquier momento como a Moby Dick le abrirían las tripas y saldrían todos los niños que había ido devorando del parque.

La aventura del tren corrió por el colegio, por el patio del recreo y nosotros nos convertimos en los reporteros para los otros niños… niños que vivían tan lejos como La Bombilla, San Francesc, La Báscula… El día anterior habíamos tenido un tren casi en la puerta de casa y desde el balcón habíamos pasado la noche contemplando los esfuerzos que, con aquella monstruosa grúa se hacían por devolverlo a sus raíles, para que pudiera emprender el viaje de regreso.

 

Hoy tantos años después, la memoria y los recuerdos son traicioneros. Estoy seguro que el tren no devoró a ningún niño del barrio. Los chicos del matadero recuperaron a su portero y nosotros nuestra pelota al día siguiente. Lo único que pasó simplemente es que nos fuimos haciendo mayores y alejándonos del parque. Empezamos los estudios superiores unos y la Línea uno de FGV pasó a ser un nuevo confidente en ese crecer más allá del pueblo, otros emprendieron antes la búsqueda de trabajo y también estuvieron los que emigraron más allá por circunstancias de la vida, hasta que el parque se quedó vacío, sin gritos y sin risas. El tren un buen día dejó de llegar a la antigua estación de Renfe y aquel Moby Dick varado fue más bien un tren de mercancías si la memoria de mis mayores no me falla que se precipitó sobre el asfalto del pueblo con gran susto para los vecinos. Aún me recuerda mi padre la carrera buscándonos tras el estruendo.

Hoy el parque que parece más pequeño que nunca, se encuentra vallado por la comunidad de propietarios a la que pertenece. Y no sé por qué cada vez que pasó delante de él tengo la sensación de que enjaularon tras aquellas vallas parte de mi niñez y la de los otros chicos que crecimos al lado de aquel tren.

 

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