Auschwhitz en el camino
Sobre todo el frío...el frío y la humedad que se anclan como un losa. Es lo primero que te viene a la mente antes de entrar en los barracones de Birkenau. Ya hemos dejado Auschwhitz atrás y el frío que arrastramos en la carretera hasta llegar a Birkenau corre por las entretelas del cuerpo, desgarrándolo...
Con la desesperanza agujereando las manos llegamos a la entrada de uno de los barracones. Se conservan tal y como quedaron. Nos espera la penumbra más absoluta hasta que la vista se hace un hueco en ella para encontrarse con un suelo deforme, agrietado y empedrado torpemente. Unas paredes raspadas en ladrillo rojo y tablones de madera encajados unos encima de otros para apilar cuerpos durante la noche. Al menos cinco personas por cada tablón de madera en tres alturas. Porque de eso se trataba de apilar cuerpos en los barracones. Las condiciones higiénicas suenan tan horrendas por boca de la guía que es difícil hacerse una idea sin sentir un estremecimiento.
Unos barrotes cruzan la pequeña ventana que hay al final de uno de los pasillos de "literas", por la que tímidamente se cuela el único destello apagado de luz que sirve como testigo. Y tras la ventana y los barrotes, solo el acero de las alambradas y la caseta de la vergüenza vigilando quizás las pesadillas de los inocentes. Más allá, un inalcanzable cielo azul cristalino.
Me quedo por unos instantes en ese rincón, solo, mirando el cielo a lo lejos a través de la ventana, un cielo de alambradas y de barrotes, y tocando la madera fría como el hierro de los camastros. Pensando en otras manos que se aferraron a ella. Pensando en la memoria de esa madera, me quedo allí, completamente paralizado.

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